En línea Estos días, por razones que me ocuparían una columnata y no precisamente la de la Santa Sede, tengo una desaforada actividad de mensajería telefónica, por lo que estoy en línea todo el santo día y buena parte de la noche. Hace tiempo que desactivé la confirmación de lectura de mis mensajes entrantes y la hora de mi última conexión al invento con el fin de no tener que dar explicaciones a nadie sobre mis andanzas digitales, con el consiguiente peaje de no saber si mis contactos han leído o no mis recaditos ni a qué hora se retiraron a sus aposentos analógicos. No diré que no me fastidie, porque mi curiosidad no tiene límites, pero me parece justo. Tú no te enteras de mi vida ni yo de la tuya. OK. Quid pro quo . Sin embargo, no hay manera humana de estar hablando con alguien sin que el resto de tu agenda se cosque, si quiere, de que estás de cháchara con alguien que no es su menda. El dichoso “en línea” es el nuevo espía legal del prójimo. No hace tanto, llamar a un ...
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